E f i m 3 r o

13 noviembre, 2006

Cuatro calles y vuelta a casa

Increíble pero cierto. Al salir de trabajar he tenido que ir a buscar un regalo para un cumpleaños que tengo esta noche. Eso significa que he tenido que hacer algo fuera de la rutina. Bien, en vez de ir a casa desde el trabajo, que suelo tardar unos cinco minutos en coche he ido a la parte alta de la ciudad y en veinte minutos ya estaba bajando. Bueno, allí arriba no se por qué se congregan los inútiles totales o parciales en lo que a conducir se refiere. He tenido la mala suerte de toparme con tres de ellos delante de mí. La distancia que normalmente se recorrería en siete u ocho minutos he tardado en recorrerla media hora.

Encuentro con el primer inútil a los tres minutos de salir del centro comercial, no se por qué pero se les ve venir de lejos a estos especímenes de la conducción.


El dilema del primer inútil:-Hay dos carriles, uno para seguir recto y otro para girar a la izquierda, un coche de auto-escuela a la izquierda y un camión en el de seguir recto.


Lógica del primer inútil: Me pongo en la izquierda y adelanto al camión para meterme enseguida al carril de seguir recto.


Resultado de la gran idea del primer inútil: El coche de auto-escuela ha ido más lento que el camión y el inútil ha frenado entre los dos carriles y se ha metido delante de mi, ha hecho que el semáforo se pusiera en rojo y que yo me pusiera un poco más nervioso.


Después de pasar el semáforo he seguido bajando y por suerte en el tercer cruce el inútil número uno ha girado a la derecha y yo he continuado recto. Pero mi tranquilidad solo ha durado hasta hacer aparición el inútil número dos de mi tarde. Un opel corsa blanco con un inútil jovencillo pero sin L. Intenta aparcar en un sitio donde cabía perfectamente con bastante tolerancia entre coches y haciendo gala de su inutilidad adquirida el día en que nació no ha conseguido meterse, como este inútil ha visto que delante una familia feliz estaba abriendo el coche para irse ha puesto el intermitente y ha decidido esperarse. La familia feliz ha tardado exactamente seis minutos en irse. (Yo a lo mío y el mundo me la suda es el lema) Ni las pitadas de los siete coches que yo alcanzaba a ver detrás de mi han servido para amedrentar al inútil y que desistiera de su espera.


Decisión del segundo inútil: - Aquí detrás el coche cabe, pero yo no soy ducho en nada y menos en esto… ah ahí delante se va uno, me espero………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………….…………………………….……………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………….………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………….. bueno que piten, yo a lo mío y que se jodan………………………………………………………………………


Lógica del segundo inútil: -En el primero no “cabo” me espero y lo meteré bien.


Resultado de la maniobra del segundo inútil: seis minutos de espera y tres intentos de meterse traducidos en otros dos minutos esperando a que el inútil al menos se diera cuenta de que tres sitios más adelante había un sitio donde cabían dos coches. Cese de pitidos y aumento de mis nervios.


Después de haber recorrido medio kilómetro en quince minutos y de sortear todas las calles cortadas que hay hasta llegar a casa doy un par de vueltas buscando sitio y veo que en la puerta de casa hay un coche que se va. Me encamino hacia el sitio y pongo el intermitente. El conductor me mira y al cruzarme con su mirada leo en ella “yo soy el tercer inútil” y efectivamente que lo era. Abre la puerta y el asiento delantero lo reclina, se inclina en el asiento trasero y lo veo trasegar algo en la bandeja del maletero. Levanta la mirada y me mira sin inmutarse. Sale del coche, da la vuelta y abre la puerta del acompañante. La vuelve a cerrar vuelve a la puerta el conductor. Tres coches detrás de mí. Yo para facilitarle las cosas a los de detrás y que no me tachen de inútil me meto en un vado que hay delante del coche y los dejo pasar. El inútil número tres parece que ya entra al coche pero en el último momento hace un amago y vuelve a salir para quitarse la americana. Vuelve a la puerta del acompañante, la abre y coloca la americana en el respaldo del asiento, cual silla de bar de barrio.


Decisión del tercer inútil: -Yo estoy aparcado y por lo tanto el trozo de calle en el que está mi coche me pertenece, no voy a correr yo ahora para que aparque este. Yo a lo mío. Si quiere esperar que espere y si no ya se cansará y se irá.


Lógica del tercer inútil: -si yo no me estreso y me preocupo solo de mí no me moriré de un infarto-; aunque el cerebro si que se te atrofiará siguiendo esa lógica, payaso


Resultado de las maneras del tercer inútil: Treinta minutos para llegar a mi casa y colmar el vaso de mi paciencia con las gotas de su imbecilidad.



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Cada vez hay más coches, pero lo peor no es eso, lo peor es que cada vez hay más conductores malos. Siempre pienso que todo el mundo acaba recibiendo lo que se merece y el tiempo me dará la razón.

A veces es más inteligente el que pregunta que el que tiene respuestas para todo

Algunas veces me han dicho que escribo muy bien o que transmito cosas cuando lo hago. Siempre que alguien me dice eso yo me digo a mi mismo que si esa persona me escuchara cuando hablo, se daría cuenta de que lo hago igual de bien o incluso mejor de lo que lo escribo. ¿Que quiero decir con esto? Pues que la gente no escucha. Este caso perdido lo llevo arrastrando conmigo hace ya muchos años y lo tengo asumido, pero cada vez que hay algo que me hace volver a pensar en ello vuelvo a darme de bruces con la puta realidad y tengo que tomarme más tiempo para aceptar de que eso es así y que no cambiará.

Algunos tienen el don de ser escuchados, pero la putada es que a este don no lo acompaña el de tener cosas interesantes que decir, por otro lado estamos los que, ya sea por nuestro timbre de voz o por la predisposición a callar cuando tu interlocutor abre la boca para decir cualquier cosa, no somos escuchados cuando hablamos aún teniendo cosas interesantes que decir. Eso si, cuando alguien se digna a escucharnos se siente inclinado a criticar las formas, el tema, la crueldad, la frialdad o el realismo con el que hablamos. Por eso puede que parezca que transmitimos cosas escribiendo. Será que lo hablado y lo leído se interpretan de maneras diferentes aún diciendo lo mismo.

Todo esto lo escribo porque estoy cansado de realidades parecidas a esta. Esto es solo un ejemplo un poco ampliado del “Yo no te escucho cuando hables pero tú prestarme toda tu atención cuando yo lo haga y ni se te ocurra interrumpirme”.

Aunque parezca un crío de cuatro años con tantos por qués, he llegado a la triste conclusión que a veces las preguntas sin respuesta aparente, se ven más claras cuando las escribes y las lees.

¿Por qué siempre está el que te da un consejo que tienes que seguir te guste o no en determinadas situaciones y después si se invierten los papeles y el consejero se encuentra en la situación en la que tu te encontrabas cuando te dio dicho consejo no sigue su mismo consejo dado antes al que estaba en la situación que él se encuentra ahora?

¿Por que siempre tiene que hablar y hacerse dar la razón una persona que opina de un asunto del que no tiene ni puta idea y encima no le afecta en nada, sobre otra persona a la que el asunto en cuestión le toca muy de lleno y además tiene mucha más información que esa persona?

¿Por qué es tan bocazas tanta gente que no hace más que decir que esto no me importa, que eso no me preocupa, que eso no es así, que yo no soy así, etc. si al cabo de unos minutos es lo que más les importa y lo más preocupante y eso es así y yo soy así por cojones?

Estas preguntas que sin duda darían lugar a otras tantas si pudiese escuchar lo que opinaría mucha gente al decirle esto son solo una pequeña explicación a la maldita gran verdad que me va dando vueltas últimamente:

No se si será que el calentamiento global del planeta afecta en el calentamiento de los cerebros de la gente y consiguen llegar hasta un grado de egoísmo tan elevado que no se plantean nada de lo que pueda sentir la gente que los rodea y solo estar dispuestos a invertir un poco de su tiempo en alguien cuando tienen algo que ganar.


Seguro que si hiciera estas preguntas en una encuesta habría muchos listillos que tendrían respuesta para todas ellas y encima se quedarían tan anchos, pero la realidad es que no tienen respuesta, y si la tuviesen saber la respuesta tampoco serviría de nada.

10 noviembre, 2006

El murciélago y la Lechuza (Fabulosa Fábula)

Vuelvo al ejercicio improvisando (como siempre que escribo) una fábula. A ver que es lo que sale y si al final le podemos sacar una moraleja.


Había una vez un murciélago que vivía en una cueva pequeña y oscura. Este murciélago vivía del esfuerzo de los demás y se alimentaba de la sangre de los que le rodeaban. Él era consciente de que, al igual que en los humanos, la sangre se repone y solo se puede extraer cierta cantidad cada cierto tiempo. Así bebía y bebía y esperaba pacientemente mientras se ocupaba de sus asuntos oscuros en su oscura cueva, hasta que podía volver a darse un festín de sangre cuando sus victimas se recuperaban.

Gran parte de su tiempo lo dedicaba a buscar maneras para conseguir que sus victimas le agradecieran que él se bebiera su sangre como si en realidad éste les estuviese haciendo un favor, como si tuvieran exceso de glóbulos rojos. Pasaban los días y la situación no cambiaba, pero los demás animalitos del bosque empezaban a estar cansados de que el murciélago viviera a costa de ellos y encima impidiéndoles estar en plena forma para llevar sus propias vidas, puesto que cuando le chupaban su sangre, los demás animalitos se sentían cansados, exhaustos y deprimidos y eso les afectaba en sus vidas. La ardillita no podía recolectar sus avellanas para alimentar a su familia, el colibrí no tenía fuerzas para volar y buscar gusanos para alimentar a sus cuatro hijos…

Un buen día el murciélago se dio cuenta de que la situación se estaba empezando a complicar y entonces decidió cubrirse las alas y llamó a su amigo el zorro, que una rata amiga común los presentó unos años atrás. Lo llamó y le dijo que vigilara a los demás animalitos del bosque por si intentaban algo, ya que él de día no podía salir de su cueva, no fuera a ser que se quedara sin su ración de sangre. El zorro, más listo que el murciélago decidió ayudarlo mientras le daba vueltas a un plan que tenía para quedarse con la cueva del murciélago a la que tuviera ocasión. Se puso pezuñas a la obra y fue investigando los posibles movimientos de los demás animales. Si veía algo sospechoso avisaría al murciélago, siempre que no estuvieran metidos el león, el oso el tigre ni el hipopótamo, por ser éstos animales muy peligrosos. Pero estos permanecían ajenos a los tejemanejes del murciélago.

En uno de los festines sanguinolentos del murciélago, a éste se le fue el colmillo y bebió más sangre de la cuenta de un pobre elefante, tan grande y fuerte que podía aplastar al murciélago en un abrir y cerrar de ojos, pero manso y tranquilo e incapaz de hacer daño a nadie, y le dejó malherido. El elefante era muy querido por los demás animales y al ver lo que el murciélago le hizo no pudieron aguantar más y decidieron poner fin a las sangrías de este malvado animal.

Hicieron una reunión clandestina en medio del bosque y decidieron que el murciélago pagaría por lo que les había estado haciendo durante tantos años y por la suerte que corrió el pobre elefante. Hablaron y hablaron durante horas y no encontraban ninguna solución, hubo incluso hasta quien se compadeció por el por estar haciendo lo que estaban haciendo, como si no les hubiera hecho ya bastante daño. A cada posible solución que encontraban hallaban cinco posibles causas por las que eso no saldría bien. Siguieron pensando y pensando durante mucho tiempo. El murciélago no les volvió a chupar la sangre porque sin que ellos lo supieran en cada comida el había ido guardando un poco de esta sangre para alimentarse cuando no pudiera extraerla de ellos, previendo que llegaría el día en que eso ya no sería posible. Por esta causa, el daño que los animales sentían se fue disipando y empezaron a faltar a las reuniones y tener opiniones muy diferentes entre ellos. La lechuza, que se había mantenido al margen de todo, pero que no había dejado de observar en ningún momento, se dijo para si misma que para encontrar una solución lo primero que tenían que hacer los demás animales era reconocer su superioridad hacia el murciélago y sobretodo perder el miedo que sentían hacia él, olvidando los atisbos de esporádico cariño que pudieran haber sentido por él años atrás, cuando en vez de sacarle la sangre a ellos, lo había hecho con sus antepasados. La lechuza se dijo que si no daban ese paso no habría solución posible y siguió observando la vida subida a su árbol y viendo como los demás animalitos del bosque seguían hablando sin observar, pero teniendo siempre presente que ella, observadora por naturaleza y sabia por perseverancia, nunca olvidaría lo que ese murciélago había hecho en el bosque donde ella también vivía.

03 noviembre, 2006

La oveja negra

Habiéndome dado cuenta esta semana de que tengo tres lectores y del poder que tiene la escritura para conseguir que yo me desinhiba, vuelvo a dejar un par de pensamientos en mi blog para deleite de dichos lectores, calma de mi espíritu y orden en la vorágine de mis pensamientos.

Tres mil ciento cuatro caracteres para decirle a mi pantalla que me devuelva en forma de palabra escrita algo que no alcanzo a comprender, a ver si leyéndolo al menos lo entiendo. Hablo de una especie muy extendida en el siglo veintiuno. Sin ir más lejos al lado de dónde yo trabajo hay seis especimenes de este tipo. Son los trabajadores del sector secundario, o como a ellos les gusta que les llamen: los “currelas”.

Afortunadamente en todo rebaño hay una oveja negra y yo tengo el privilegio de serlo en éste.


Un día normal de esta gente suele empezar a las ocho de la mañana, llegando a sus puestos de trabajo en vehículo propio, ya sea ciclomotor o coche destartalado, dando grandes acelerones para anunciar su llegada, con la música que normalmente máquina a toda voz y con las ventanas bajadas aunque estemos a dos gados bajo cero. Después de hacer su triunfal aparición, bajan del coche y encienden un pitillo, si no lo llevan ya encendido y sueltan el buenos días a gritos “BUENOG DIÁ PO LA MAÑANA, EGJJJ”.


Cuando están los seis reunidos y todos han interpretado su papel rutinario empiezan a trabajar. Saliendo y entrando al taller dos veces por minuto y haciendo el máximo ruido posible. ¿Esta gente no sabe hablar de otra forma que no sea gritando? Da igual que estén a diez metros el uno del otro que estar cara a cara. Para hablar gritan, o para ser más específicos, sueltan un rugido gutural que es prácticamente inteligible para los que no son de su especie. Yo, después de mucho observar, estoy empezando a aprender este idioma y comienzo a entender las cosas tan importantes de las que hablan: (Pavas, pivas, chatis, chorvas, nenas, morenazas, coches, tunning, motos, fútbol)

Es igual que cuando empiezas a descifrar los jeroglíficos que hacen los médicos cuando escriben algo, aunque ahora que empiezan a tener ordenadores en las consultas he oído que para escribir recetas y comunicarse con sus colegas van a emplear la fuente “wingdings”.


Después de esta digresión sigo con el día de “los seis”. Una hora después de lo explicado anteriormente se encaminan hacia el bar más cercano para desayunar. Bocadillo de beicon con queso, botellita de vino tinto de la casa de quince grados, carajillo de magno y roslï pequeño. Siete Euros y vuelta al trabajo.

El resto de la mañana lo consumen a tiempo partido entre golpes y cigarrillos. Es aquí cuando yo me pregunto si es necesaria tanta gente para hacer el trabajo que podría hacer la mitad de gente en la mitad de tiempo, pero eso es preguntarse demasiado.
Por la tarde es más o menos lo mismo pero sin pausa para merendar, porque eso ya no es cosa de “machotes” y sobre las siete de la tarde acabar la jornada para ir al bar a seguir trabajando, pero esta vez sin estar en el taller y con una mediana en la mano mientras siguen iluminando al mundo con su sabiduría en el mundo del deporte, el motor o la tauromaquia.

Espero que haya mucha gente que esté en este sector que como yo se considere la oveja negra y no siga estas normas tan reaccionarias, porque cada día que voy a trabajar acabo peguntándome si yo acabaré volviéndome como ellos o conseguiré mantenerme fiel a mis ideas; si para hacer algo que te gusta tienes que ser como la mayoría que hace eso; si para hablar y que te presten atención tienes que gritar y usar coletillas depravantes y demostrar que tu cerebro no va más allá de lo que llega el de ellos, que es muy poco; y si es cierto eso que dicen de que para vivir feliz mejor no analizar las cosas y quitarle importancia a todo.